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viernes, 23 de octubre de 2009

Olimpiadas en Rio de Janeiro

Son cerca de las dos de la tarde del martes y el acceso principal a la favela Morro dos Macacos, el mismo lugar que el sábado se convirtió en zona de guerra -los narcos llegaron a derribar un helicóptero de la policía a tiros-, aparenta normalidad. Sólo hay una patrulla de la Policía Militar con tres uniformados a la espera del relevo. Parecen tranquilos, como si nada hubiese sucedido últimamente. Me identifico como periodista y pregunto si en el interior de la favela hay patrullas policiales. Un agente me responde que no puede facilitar esa información. Pregunto si la situación está bajo el control de la policía, tal y como los máximos responsables de las fuerzas del orden de Río habían asegurado a la prensa dos días antes. "No le puedo decir. Aparentemente está tranquilo, pero no le puedo garantizar nada. Si entra usted es bajo su responsabilidad", dice el policía, amable.
Decido acceder a la parte baja de la favela, sólo al primer tramo de la arteria principal, para hablar con algunos comerciantes sobre lo sucedido el último fin de semana. Cuentan que la escuela que se distingue nada más entrar a la derecha ya ha reanudado las clases, si bien las puertas se encuentran cerradas a cal y canto. En la calle no se aprecia mucho movimiento y sólo algunas pequeñas tiendas de chucherías funcionan a esa hora.
Una vecina narra que ha permanecido encerrada en su casa todo el fin de semana. "Había que estar loco para salir", explica, mientras sus ojos me escrutan con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Un poco más adelante, frente a un pequeño bar, hay un sofá destripado sobre una suerte de acera. Alzo la mirada sobre el mueble y en la pared leo: "Aló, drogas mil. ADA". Amigos Dos Amigos se llama la facción criminal que controla el Morro dos Macacos. Con estas pintadas los narcos marcan su territorio.
Son las dos y media. Algo más adelante, a unos 250 metros de la entrada a la favela, hago mi última parada. En el flanco izquierdo de la calle distingo una pequeña plaza vallada y rodeada por pequeños bares y puestos de comida, la mayoría ya cerrados. El hecho me llama la atención y me acerco a uno de los únicos locales que funcionan para preguntar por qué casi nadie está trabajando. El encargado, de unos 50 años, se afana en la preparación de unos helados para un par de chicas, una adolescente y otra que no llega a los 10 años. Tras presentarme, menciono la situación del fin de semana y pregunto si es cierto que parte de la invasión protagonizada por la banda criminal Comando Vermelho se produjo por aquel acceso principal. "No hubo ninguna invasión. Fueron los policías militares los que los trajeron hasta aquí en el interior del caveirão (carro blindado), y luego los soltaron", me responde la adolescente, sin ocultarme su malestar por mi presencia. El comentario es absurdo y suena a la versión de los hechos de los criminales locales. La chica retrocede unos pasos y comenta algo con un muchacho de su misma edad que está presente en el lugar. No alcanzo a oír lo que dicen.
No pasa mucho tiempo hasta que se aproxima un individuo de entre 40 y 50 años con el torso desnudo y la cabeza rapada. Reparo en su colgante: el diente de algún animal de gran tamaño. Tras saludarnos, aparecen detrás de él varios chavales armados con pistolas automáticas y fusiles de asalto. Mi primera reacción es la de agachar la cabeza, llevarme las manos a la nuca e hincarme de rodillas ante ellos. Irracionalmente les doy la espalda porque no soporto la imagen de las pistolas encañonándome. El miedo me invade. Tengo frente a mí al dueño del local sentado en una silla, en estado de pánico.
El hombre del colgante, el líder, me levanta del suelo. Todos hablan y gritan al mismo tiempo. Tengo una pistola de gran calibre contra la sien. Reconozco dos subfusiles UZI. Todos son muy jóvenes. Dos chavales me registran. El jefe se dirige a mí:
-Ahora nos vas a decir quién eres y qué andas haciendo aquí.
-Soy periodista y he venido a hablar con algunos vecinos de lo que ha pasado durante el fin de semana. El portugués se me anuda en la garganta por el miedo.
-Como estés mintiendo te matamos aquí mismo.
De la cartera extraen mi acreditación como periodista y mi DNI español. El rapado estudia la documentación mientras algunos de los narcos abogan a gritos por ejecutarme en el momento. "Sacadlo de ahí y llevadlo al centro de la plaza", resuelve el jefe. Mientras me empujan, uno de los chavales me dice al oído: "Si eres uno de esos periodistas que mandan reportajes sobre nosotros... vete preparando". Un sudor frío me recorre la espalda.
Entonces el líder habla: "Periodista, deja de temblar, porque si te quisiéramos muerto ya lo estarías". Son las primeras palabras mínimamente tranquilizadoras. Revisan mi libreta de anotaciones y mi teléfono móvil, y me sacan del bolsillo de la camisa una pequeña grabadora digital. Uno de los chavales intenta convencer al resto de que la grabadora es una cámara oculta.
En medio del griterío y con una UZI apuntándome al estómago, imploro misericordia y les intento explicar que en la grabadora no hay ningún material que pueda comprometerlos. Consigo manipular el aparato hasta que suena la última entrevista grabada esa mañana con un conocido experto brasileño en pobreza. El líder concluye que debo ser liberado. Me devuelve la cartera y mi material de trabajo. Sin embargo, me asalta el presentimiento de que no todo ha terminado.
La intuición no me falla. Aparece un individuo que aparenta ser otro cabecilla del narcotráfico local, éste mucho más joven y algo gordo, también mucho más agresivo. Da la orden de que se me retenga y se aproxima. Encarándome, me pisa el pie derecho y me rompe la camisa. Otros dos me propinan un par de golpes en la cabeza y me zarandean, el recién llegado busca como un poseso alguna cámara. No encuentra nada, pero me quita el teléfono y la grabadora y me dice: "Corre calle abajo y no mires para atrás si no quieres que te matemos".
Acato la orden. Recorridos algunos metros, oigo gritos: "¡Ponte la camisa o disparo!". Me visto apresuradamente pero no puedo abotonármela. Son las 14.40 pasadas. Cuando salgo de la favela me aproximo a los policías que tomaron el relevo.
-Me han retenido durante 10 minutos. Casi me matan.
-¿Tenían muchas armas?
-Sí, muchas. Y ellos también eran muchos.
-Siguen ahí adentro...
Cae la madrugada y miro absorto una foto sobrecogedora publicada en la edición digital de un medio local: dentro de un carro de supermercado abandonado en uno de los accesos al Morro dos Macacos hay un hombre ejecutado a tiros con el rostro desfigurado. La foto fue tomada dos horas después de mi liberación. En la imagen hay varios curiosos tomando instantáneas con los móviles, y en primer plano se distingue una chica que observa la escena de espaldas a la cámara. Por la ropa y el pelo podría jurar que es la misma que poco antes puso en peligro mi vida.

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entrada de tribulete @ 18:35

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